San Francisco de Asís, quien vivió entre finales del s. XII y principios del s. XIII, es hoy, ante la crisis ecológica planetaria, un verdadero paradigma alternativo a seguir por su profunda actitud de veneración, confraternización y ternura para con todos los miembros de la gran comunidad cósmica planetaria. Por eso, Juan Pablo II, en 1979 lo declaró patrono de los ecologistas.

El cristianismo por mucho tiempo, por su fe monoteísta, declaró una guerra sin cuartel a toda expresión religiosa que intentó reconocer al Espíritu divino en las montañas, en los ríos, en los animales, etc. Es decir, en las fuerzas cósmicas.

Separó exageradamente a Dios de su criatura (la naturaleza). Convirtió a Dios en un ser lejano a su creación, y quitando a ésta su dimensión sacramental. De este modo, Dios fue expulsado del mundo y éste se convirtió en maldito, compañero pecaminoso del hombre su rey y dominador. Ante la ausencia de Dios en el mundo, cristianos de diferentes épocas, buscarán a Dios refugiándose en los desiertos y enclaustrándose en los monasterios. La gran liturgia celebrada por todas las criaturas, en el inmenso santuario del universo, fue suplantada por la liturgia de las horas u otras celebraciones rituales desencarnadas. El castigo y maltrato del cuerpo se convirtieron en una disciplina ascética oficial para la salvación del alma. La materia será satanizada y el espíritu divinizado. El hombre fue convertido en la única imagen y semejanza de Dios y la naturaleza objeto y fuente para la satisfacción de sus necesidades.

Con San Francisco el hombre redescubrirá su verdadera identidad como criatura, miembro de la gran comunidad cósmica. El Creador volverá a ser contemplado y glorificado en y con toda la naturaleza. Ésta volverá a ser el gran sacramento y templo de su creador. La Tierra dejará de ser la maldita y la fuente de extracción de riquezas y se convertirá en nuestra Madre Tierra. El lobo, el águila, la cigarra, el buey y todos los animales dejarán de ser nuestros enemigos o bestias y pasarán a ser nuestros hermanos/as. Los pobres ya no serán más considerados como amenazas delictivas para la tranquilidad de la sociedad o simples objetos para la caridad cristiana. Francisco los apreciará, al igual que Jesús, como predilectos y sacramentos vivos de Cristo sufriente. Este hombre no construyó ni hospitales, ni leprosarios para los pobres, se hizo pobre entre los pobres. Así quiso dignificar a los pobres y clamar con ellos por su liberación.

Con San Francisco surgió un nuevo estilo de Iglesia, no la imperial y feudal de los Papas y obispos, ni la de la estabilidad de lugar de los monasterios, sino la Iglesia sencilla y peregrina que une fe y vida, contemplación y trabajo. Se atrevió a recrear y a legitimar el espíritu de la religiosidad popular de su época: creó la representación del nacimiento del Niño Jesús (pesebre), inventó el vía crucis, recitaba las horas canónicas en medio de la naturaleza. Dejó atrás el cristianismo severo y formal, de penitencias y de flagelación de fuga mundi y de palacios.,/p>

Inició un nuevo modo de seguir a Jesucristo con pasión y danza, con corazón y poesía. El universo franciscano estaba impregnado de un tiernísimo afecto y devoción hacia todas las cosas. Caminaba con reverencia por encima de las piedras, recogía las babosas de los caminos para que no fuesen pisadas por los caminantes, daba miel y vino a las abejas en el invierno para que murieran de frío ni de hambre, no permitía que ningún árbol fuera cortado desde su raíz. Tenía como hermanas a la enfermedad y a la muerte. La dama a quien más amaba era la pobreza. Era absolutamente consciente de que todos provenimos de un mismo origen y tendremos hacia el mismo fin. Que somos criaturas de un mismo Padre y hermanos/as entre todos los seres (bióticos e inertes).

De este modo el perverso antropocentrismo estaba superado en él. No había razón lógica, ni teológica, para someter a nuestra Madre Tierra. Extinguir a nuestros hermanos los animales, contaminar a nuestros hermanos los ríos, etc., puesto que todos ellos son mayores que nosotros.

Tomado del libro titulado: Hacia una Eco Teología, escrito por Jubenal Quispe

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